Los seres humanos somos los únicos seres vivos que sabemos de la existencia del futuro.
Sabemos que el futuro existe, y ello, en muchas circunstancias nos da miedo.
Lo mismo le ocurre a las sociedades. El miedo colectivo genera la imposibilidad de proyectar el futuro conjunto y es caldo de cultivo que anida populismos demagógicos.
El populismo encuentra en el miedo su razón de ser y lo vuelca a modo de ideas y propuestas mágicas de puro presente o de presente inmediato, que basa en el señalamiento de enemigos que causan los males sociales.
La improvisación del populismo, sus contradicciones y disparatadas propuestas son elocuentes y evidentes. El populismo es fácil de individualizar pero resulta muy tentador por su simplificación.
Se monta sobre el escepticismo y la desconfianza y lo traduce en mensaje político de precaución y peligro.
Genera y propicia, la necesidad de volcarse sobre uno mismo, de privilegiar lo individual y privado por sobre lo colectivo y lo público.
La crisis de la política en el mundo tiene mucho que ver con la crisis de poder configurar el futuro de manera significativa y responsable.
Como el futuro se hace difuso e inimaginable, prevalece la tiranía del presente, del corto plazo y de ese modo quitamos del horizonte de la política lo más valioso y distintivo de ésta: la tarea de gestionar el futuro y responsabilizarnos de él. Esta es la tarea que Max Weber le asignaba a la política.
Faltan modos de pensar el largo plazo. Falta debate del largo plazo. Falta traer el futuro y su diseño y configuración a discutirlo en el presente.
El populismo se desentiende del futuro y en verdad sólo produce asaltos al futuro, actúa a cuenta del futuro y lo degrada en esa huida a la nada.
Donald Trump resulto ser un instrumento reaccionario, cristalizado en ese miedo colectivo existente en EEUU para defenderse frente a lo desconocido.
El miedo al otro, al inmigrante, al extranjero, el miedo al futuro.
Se intenta pues, quitarle al futuro su dimensión menos manejable: la incertidumbre.
Como se lo hace desde el populismo, pues, eliminado esa dimensión menos manejable.
El progresismo hoy esta donde se ponen en marchas procesos para configurar el futuro que desconocemos, gestionando responsablemente la incertidumbre.
La política debe volver a ser futuro. Debemos hacer del futuro nuestra tarea fundamental.
Las supuestas urgencias del ahora, nos impiden proyectos solidarios que atiendan la inmoral desigualdad global y, esa ausencia de proyectos, nos somete a la tiranía del presente que envilece y le quita la razón de ser de la política: la perspectiva, la predicción y el debate.
Por estas cosas gano Donald Trump. La ola populista y demagógica global logró su mayor victoria y ha llegado a la Casablanca.
La política no es gestionar el presente, sino gestionar el futuro.
El miedo a la complejidad del futuro, renunciando a éste, mata a la política.

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